domingo, noviembre 13, 2005

Dios y La Bestia


Bajo la santidad del Vaticano, en el infernal subterráneo, la bestia se paseaba de un lado a otro, rugiendo y vociferando dentro de la celda. Los guardias suizos que la celaban estaban cada vez más inquietos por su abominable figura y deseaban con ansias el cambio de turno.
-¡No tengan miedo de mí!- pronunció la bestia con una voz completamente humana. -para cuando me dejen en libertad, ustedes ya habrán muerto por la vejez, sin embargo, puede ser que me encuentre con alguna de sus reencarnaciones posteriores.
Los guardias se miraron con incredulidad, pero también con un evidente grado de temor. Luego uno de los guardias, olvidando por completo el mandato de no entablar conversación alguna con la bestia, se armó de valor y le respondió:
-¡No tienes ninguna potestad contra nuestro Dios!
-¿Nuestro dios? ¡JA! Con eso das a entender el hecho de que existen otros dioses, pero que no te pertenecen como ese que tú nombras. Pero si ese dios les pertenece, ya que lo llamas “nuestro”, ¿no piensas que su poder no debería sobrepasar el tuyo? En realidad, no estás tan lejos de la verdad: Primero los dioses crean a los hombres y luego de un tiempo los hombres crean a sus dioses. Así como vosotros sois cristianos, existen judíos, musulmanes, hinduistas, budistas, en fin, ninguno de ellos, por más pensantes o sabios que sean por sobre otros, podrían alcanzar la verdad completa siguiendo solamente el sendero de sus propias creencias. Pero créeme que si supieran un pequeño porcentaje de lo que yo sé, quizás estarían junto conmigo dentro de esta prisión.
El guardia quedo perplejo por la tergiversación que la bestia hizo de su comentario. En ese momento, el otro guardia le recordó con una seña que debía mantener silencio.
La bestia se agarró con ambas manos de la puerta de la celda, presionó su cabeza contra los barrotes y siguió su discurso:
-Les confieso que yo creo en dios, pero no en “Dios” el único, sino en “dioses”, deidades que varían desde acciones, sentimientos, pensamientos, filosofías, incluso épocas, ya que sin ellas su Dios y los dioses de los otros hombres no podrían haber sido concebidos. Sin embargo, también debo reconocer que existe un Dios que no es el que ustedes ensalzan y que no puede quedar fuera del conjunto de divinidades que describí como merecedoras de mi credibilidad. Y es en dirección a este dios en donde deberían estar apuntadas todas nuestras reflexiones, debido a que la existencia de ustedes dos y también la mía depende de él.
El guardia que anteriormente hizo callar a su compañero, fue ahora quien abrió la boca:
-¡Tus incoherentes y paganas declaraciones no nos infunden temor alguno! ¡El único Dios es nuestra Santísima Trinidad! ¡Padre, Hijo y Espíritu Santo! ¡Y sólo de Él depende nuestra existencia y también la tuya! …
La bestia lo interrumpió:
-Te aconsejo que no subestimes el poder del dios que les he mencionado, y menos aún que afrentes contra él, ya que en cualquier momento podría tomar una determinación radical y cambiar el destino de nosotros tres.
El guardia no hizo caso a la bestia y continuó:
-¡Ese dios del que hablas no existe y todas tus palabras están guiadas por Satanás! ¡Tú y tu dios falso se irán al infierno!...
-¡No sigas!- gritó la bestia.- ¡O será demasiado tarde!
Pero el guardia no calló:
-… ¡Jesucristo tiene todo el poder! Tus dioses y tú se irán al infieerr…
FIN