sábado, febrero 18, 2006

Oruga

Es paradójico pensar que en unos cien años más, el nuevo cuerpo que habite mi alma, reflexione y concluya con total convicción de que no existe la reencarnación.
Lamentablemente, no tenemos consciencia de haber vivido más vidas que la que tenemos en la actualidad, ni tampoco tenemos la comunicación suficiente con nuestra alma para saber por cuantos cuerpos ha pasado, cuántas vidas ha vivido, cómo han sido sus sueños y despertares, cómo fueron los interregnos entre sus vidas, que tal fue su estadía en los distintos planos existenciales, etc. ¿Por qué no podemos escuchar al alma?, que con tanta hermosura nos canta: ¡No hay muerte! ¡No hay muerte!… ¡Sólo existe vida! ¡Vida eterna!
Todos nos hemos preguntado alguna vez que es lo que nos espera al momento de morir, y no cabe duda de que lo que escuchamos y aprendemos a lo largo de nuestras vidas nos implanta (sobre todo a nosotros los occidentales) similares y cuestionables expectativas en nuestra mente.
Muchos de los que se han visto cercanos a la muerte o han regresado de ella, al preguntarles por sus experiencias nos relatan una vivencia parecida: “Me vi en un túnel que me guiaba hacia una luz…”, “Mis antepasados y seres queridos fallecidos estaban allí…”, “Llegué al cielo, y tenía calles de oro y mar de cristal…”, “Bajé al infierno y éste era horrendo y semejante al descrito en la poesía de Dante…” ¿Pero qué pasa cuando le preguntamos lo mismo a un hombre o mujer hindú? ¿La respuesta es la misma? Obviamente no.
Si abstraemos lo que se nos enseña en nuestra vida acerca de la muerte, y sólo utilizamos nuestro raciocinio innato, lo más común sería pensar en que no existe el “más allá” y que al momento de morir, todo el mundo se extingue junto a nuestra consciencia, es decir, llegaríamos a un punto en que no existe más que la “nada” tal como nos encontrábamos antes de nacer; “cada uno de nosotros es el protagonista de su propia película que es la vida, y si morimos se acaba dicha película”. Pero, esa “nada” es lo que nos cuesta tanto explicar, y no por su significado metafísico como “ente”, sino por lo difícil que se le hace al cerebro concebir una situación en la que hay un vacío completo. Esto se puede ejemplificar con el hecho de que aun con los grandes avances de la ciencia, que incluso le han dado respuesta a la incógnita del origen del Universo a través de la Teoría del “Big Bang”, no logran acercarse a una contestación a la quizás más importante pregunta: ¿Qué es lo que había antes del “Big Bang”? ¿Nada?
Es aquí donde puede acomodarnos un poco más la teoría hindú de la reencarnación y de la perpetuidad del alma, que no dejaría lugar a los momentos vacíos y sin consciencia.
Quizás no somos más que la oruga de la fábula, que al sentir que se acerca su muerte siente un gran temor, tal como nosotros, y al momento de morir, sus seres queridos lloran su partida sin saber que sólo ha pasado a su estado de crisálida, de la misma forma en que nosotros cambiaremos a los distintos estados y planos existenciales, y por último, sin saberlo ella ni sus amigas orugas, se despertará convertida en policromada mariposa, tal cual nuestra alma despertará en otro cuerpo y llena de vida.

domingo, febrero 05, 2006

Una buena razón

Hace unos días me encontré con unas ideas en mi mente que me parecieron adecuadas de escribir aquí en una especie de falsa apología al sentimiento que para muchos es el más bello: El Amor. No obstante en muchas ocasiones la “realidad” dista mucho del amor, por tanto he querido dar dos finales a este pequeño artículo (que por más que lo parezca, no tiene alusiones a hechos verídicos que me hayan acontecido a mí o a alguien que conozca) para que quien lo lea, elija con cual de ellos se siente más identificado o más afectado.

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La conocí en un momento y lugar que mediante la fuerza se apoderaron de un espacio en mi mente, y tengo la certeza de que no se borrarán jamás de mi memoria.
Llegó y me saludó con un beso en la mejilla, como cualquier otra amiga, y en ese instante fue sólo eso para mí: el ritual saludo con alguien de quien ni siquiera conocía el nombre. No me di tiempo para concebir tan pura y sencilla belleza, la conversación no daba tregua y nunca se me pasó por la mente mirarla con otros ojos.
Las estrellas y la menguante luna desaparecieron como por arte de magia, y la noche, ya matizada de azul, comenzaba a perder su nombre haciéndonos recordar que esa reunión, aunque nadie lo quisiese, debía llegar a su fin. Fue al momento de posar la cabeza en la almohada unas horas más tarde en mi cama, cuando me di cuenta de que desde hace varios años no tenía una conversación tan interesante y gratificante.
No sé si es obvio decir que los encuentros, desde aquella noche, se hicieron mucho más seguidos, pero siempre mantuvieron el mismo objetivo: pasar un buen rato, beber un trago, y por supuesto, tejer una plática que cada vez era más adictiva.
Pasaron varias primaveras antes de que el cambio tomara forma y cuerpo. Una cita planeada ese mismo día fue lo que me abrió los ojos de otro modo. Esta vez, al saludarla tan comúnmente como siempre, sentí el calor de un disparó a quemarropa que arrasó con los vestigios del ego que en mí habitaba, y luego del parpadeo, en lugar de ver un arma la vi a ella… como por primera vez.
Lo primero que acaparó mi mirada fue su cuello: era como despertar por un instante en el museo de bellas artes; no había mejor escultor que aquel que esculpió esa frontera perfecta de mármol níveo que limitaba el austral cuerpo venusino de la docta y erudita mente septentrional. Al subir la vista, su rostro era una conjunción de trazos en colores pasteles, con cambios de tonos casi imperceptibles, a excepción de la boca: que en su pálido carmesí era como el rubí más precioso y valioso que pasa desapercibido bajo el mar. Y los ojos… los ojos violáceos eran las ventanas abiertas hacia un paraíso e infierno fusionados que invitaban a la incertidumbre y misticismo de su alma. Su cabello, como cataratas de fuego, bañaba su cabeza sin que sus hombros lo notaran. Su cuerpo era como el de muchas otras mujeres, sin embargo me provocaba lo que nunca antes sentí. (¿Podría ser que se trataba del sentimiento más puro e irracional sentido por el hombre? ¿Aquello que llaman: “amor”?) Su ropa mantenía la sencillez perfecta de su figura y sin premeditarlo la hacía más y más atractiva. ¿Como podía poseer tanta perfección un ser que aun residía en este mundo?

Final 1:

Ella, gracias a la intuición de su maravillosa femineidad, se dio cuenta con facilidad de mi drástico cambio de apreciación hacia su persona, y sin emitir palabra alguna me tomo de la mano, haciendo que mis pulsaciones se aceleraran, y luego de mirarme por unos segundos fijamente, me abrazó con tanta vitalidad y amor que me hizo cerrar los ojos desvaneciendo todo pensamiento de mi mente dejándola provista solo de hermosas imágenes coloridas y sin sentido como las que se observan en un caleidoscopio. Luego, al recobrar la conciencia total, viéndome abrazado a ella, sentí que el “amor”, más allá de ser una palabra bonita y el tema de muchos de los poemas que había leído, realmente existía, y también podía alcanzarme a mí. Fue esta pequeña reflexión y el abrazo repentino de ella, lo que me pareció una buena razón para tomarla de los hombros, mirarla a los ojos y decirle:
-Te amo…

Final 2:

Ella adivinó mis pensamientos y me pareció que se sentía un poco incomoda, rápidamente se sentó y me dijo que tenía que contarme algo importante. Yo que aun no me reponía de ese espontáneo enamoramiento, me senté a su lado. Luego ella me tomó de la mano, me miró con profundidad, y con un rostro de total certeza de que lo que me iba a decir me causaría gran dolor, finalmente habló:
-Estoy saliendo con alguien…
Esa noche me fui temprano a mi casa.
Ahora, recordando todo lo vivido con ella y convencido de que nunca iba sentir lo mismo por mí, me cuestiono con respecto al “amor”, tengo la seguridad de que solo se trata de una palabra que ha sido sobreestimada y que no hace más que darle el nombre a un sentimiento que lo único que logra en los que lo sienten y son correspondidos, es olvidar por momentos que la muerte ineludible les espera, y que paradójicamente a los que no somos correspondidos nos da una buena razón para tomar el revolver, llevarlo a la sien y halar el gatillo.