domingo, junio 11, 2006

Las Películas de mi Muerte II

...Volvió la memoria y recordé que me encontraba sometido ha proceso sin saber la razón, y que sin duda la policía estaría pronto tras mis pasos.
Cansado de correr, decidí tomar un taxi. El viejo auto amarillo se detuvo ante mí y me extrañé al ver que el chofer lucía un corte de pelo al estilo mohicano. Me senté sin hablar y comenzamos a avanzar. Nos adentramos en un camino que paulatinamente transformó la ciudad en un copioso bosque tropical. Anclé mi mirada en los árboles y creí estar soñando cuando vi a un hombre que, simulando ser un simio, se mecía completamente desnudo por las ramas.
Luego, los árboles se esfumaron y nos vimos inmersos en una especie de desierto que finalizaba bruscamente en un acantilado. El taxi se detuvo y al fin el chofer habló: -¿Ves a ese hombre vestido de negro? Habla con él, aunque parece ser un loco pistolero, dicen que es un rabino iluminado. Lo llaman ‘‘El Topo’’ debido a que estuvo infiltrado durante años en un pueblo con el fin de actuar al servicio de otros más necesitados.
Bajé del auto y en medio de un viento huracanado caminé hacia el hombre, mientras tanto el taxi arrancaba y se perdía con rapidez. El Topo, sin dejarme pronunciar palabra, me miró impertérrito y me dijo: -Crees que muchas de las cosas que has visto no tienen sentido, sin embargo, todo forma parte de la estructura y esencia de tu vida; si no fuera así, no existirían. ¿Puedes descifrar su significado? Te preguntas por la causa de tu enjuiciamiento, deberías preguntarte: ¿Qué es ese Juicio? Yo pasé por lo mismo que tú. Conozco el significado de la vida, ese que tu tanto deseas entender. No puedo explicártelo, sólo puedes comprenderlo por ti mismo. ¿Podrías describirme el color ‘‘rojo’’? Claro que no, pero sabes lo que es. ¿Puedes descifrar el significado de lo que vez ahora?- Apuntó con su dedo hacia el borde del precipicio, miré hacia allí y observé a una niña de unos diez años que cargaba en su espalda a un niño más pequeño, que por la forma de sus ojos parecía ser ciego. La niña, sacudiendo sus pies, se quito las sandalias y en menos de un segundo saltó al vacío. Lancé un grito de dolor e impotencia y me interrumpió una voz que resonaba en mi cabeza cada vez más fuerte: -¡Encuentra dentro de ti, la Montaña Sagrada de la Comprensión!
Agitado, desperté otra vez sentado en el asiento trasero del taxi. El chofer detuvo el auto esta vez en el frente de una grandiosa mansión y me dijo: -¡Aquí es señor! No olvide su capa y su máscara; sin ellas no podrá entrar.
Desconcertado tomé las prendas y me bajé del taxi. El chofer cuando ya partía asomó la cabeza por la ventanilla y me gritó: -¡La contraseña es FIDELIO!...

Continuará

domingo, junio 04, 2006

Las Películas de mi Muerte I


La última palabra que dijo mi abuelo antes de morir fue: ‘‘¡Rosebud!’’ mientras dejaba caer al piso su querida esfera navideña. Me di cuenta que algo andaba mal.
Abandoné el dormitorio con rapidez, bajé todos los pisos por la gran escalera empinada; esa que me costaba tanto subir a causa del vértigo. Salí a la calle y lo primero que vi fueron los extraños titulares en los diarios:
‘‘¡NACIMIENTOS MALIGNOS! Ha nacido un feto vivo que no es más que una cabeza y un tronco desprovisto de extremidades. Por otro lado, una mujer afirma haber sido violada por el mismísimo Diablo y haber dado a luz a su hijo, todo esto bajo la complicidad de su marido’’
Continué avanzando por la acera y arriba, en la terraza de un edificio, un hombre sujetaba de la corbata a otro, que estaba a punto de caer. Sin darle importancia seguí caminando presurosamente y me encontré con un grupo de hombres, vestidos de blanco con sombreros negros, que bailando y cantando golpeaban a un pordiosero. Se voltearon hacia mí, y con miedo de correr la misma suerte que el indigente, arranqué raudamente y sin pensarlo entré acezando en un restaurante. Los hombres no me siguieron.
Dentro del restaurante, observé a un hombre grotescamente gordo sentado; que comiendo como un cerdo, vomitaba a ratos en una cubeta de metal. El garzón lo trataba como a un miembro de la realeza.
En otra mesa estaban comiendo otros tres hombres. De pronto, el hombre más joven se puso de pie y saco un pequeño revólver, apuntó a sus acompañantes y les propinó tres disparos certeros. Luego avanzó hacia mí, dejó caer el arma homicida y salió del restaurante.
El gordo, mientras tanto, había estallado en su mesa. Asqueado con el espectáculo, volví a la calle, y me percaté de que en una ventana del edificio del frente, había un hombre con la pierna enyesada que me observaba con unos binoculares.
Seguí por la calle interminable y repentinamente caí en un estado de amnesia temporal olvidando todo lo vivido en los últimos veinte minutos. Al continuar corriendo miré el recordatorio que tenía tatuado en el brazo: ‘‘PRESENTATE ANTE EL TRIBUNAL PARA DEFENDER TU CAUSA’’…

Continuará…