martes, julio 25, 2006

Escatología (Doble Acepción)

Sin ralentizar su constante velocidad, se extingue el indestructible y todo llega a su fin. Las aves han renunciado por completo a su libertad y buscan con desesperación una respuesta en la tierra; se han dado cuenta de que lo que vivieron fue un libertinaje pasajero. Los mamíferos que se mantuvieron pacatos y aferrados a lo establecido se auto flagelan arrepentidos por su carencia de nuevas experiencias. Nadie está totalmente conforme.
Las ocho coronas superiores se reúnen para urdir una solución, ¡si! las ocho que representan la esencia misma del ‘‘bien’’, las ocho que dictan sentencias sin consultar a sus progenitores. Las ocho que se lavan las manos con sangre antes de engullir el festín adherido a las consecuencias de sus actos. El poder pesa, mas vacío sentirán con el fin.
Es el fin y las divinidades se han armado, deben acabar lo que un día crearon. ¿Fallaron sus propósitos o nunca los tuvieron? ¿Sentirán pena en la destrucción? ¿Sintieron alegría en la creación?
La oscuridad invisible que inventamos, la maldad suprema, comienza la cosecha de lo que nunca se sembró, debe transformarse por un tiempo en herramienta del bien para cumplir el plan divino, no obstante, la redención es inalcanzable.
Las tierras no ven más allá de su nariz, confeccionan esperanzas y castillos ideológicos que, al fin y al cabo, servirán para acelerar su caída. Las bestias rumiantes siguen su camino en la fila, se preocupan más de espantar las moscas con su cola que de intentar evitar la entrada del matadero. ¿Será nuestra ignorancia la que haga así de inexorable nuestro fin?

sábado, julio 08, 2006

Las Películas de mi Muerte III

…Me acerqué a la entrada mientras me ponía la capa. Un hombre me dio la bienvenida.
-¡Buenas noches señor! ¿Puede decirme la contraseña por favor?
-FIDELIO- dije sin convicción.
-¡Gracias señor! Por favor acompáñeme.
Caminamos por un rato hasta llegar a la casa, la puerta se abrió, yo entré y mi acompañante regresó a la entrada.
Dentro de la casa un hombre enmascarado me preguntó la clave otra vez. Yo contesté de nuevo y poniéndome la máscara quise esconder mi inseguridad.
La mansión era ampulosa en sus detalles y adornos. Avancé unos pasos por el pasillo hasta llegar al salón principal. La escena que presencié en ese momento revivió viejas lecturas en mi mente. En medio de una multitud, todos con máscaras, un hombre vestido de rojo bendecía a un grupo de mujeres desnudas, sólo provistas de sus máscaras y algunos adornos, y las preparaba para que se unieran a cualquiera que quisiesen escoger. Una especie de ‘‘Hieros Gamos’’ moderno. Una de las esculturales mujeres camino hacia mí, me tomó la mano y me guío por el pasillo. Cuando estuvimos solos comenzó a hablarme sin dejar de caminar:
-¡Tu no deberías estar aquí! ¡Tienes que irte enseguida! ¡Corres peligro!
Llegamos a una escalera y me dijo que subiera para encontrar la salida, luego se fue. Me quité la máscara, subí hasta el primer rellano y luego hasta el segundo piso. Me encontré en un pasillo extenso y en uno de sus extremos vi a dos niñas gemelas tomadas de las manos y tras ellas, la puerta de un elevador. De pronto, el elevador se abrió y una ola de sangre salió desde adentro. Espantado, decidí seguir subiendo por la escalera. En ese instante, sentí una suave voz en mi mente que me llamaba:
-¡Ven! Te he estado observando. ¡Acércate! - En el tercer piso encontré a la voz; era un hombre con un espeluznante disfraz de conejo, cuando me acerqué me dijo:
-Una hora, veinticuatro minutos, treinta y seis segundos; entonces será el fin del mundo.- Ladeó la cabeza y uno de sus ojos se iluminó. Consulté mi reloj; media noche en punto. Seguí subiendo. Cuando me percaté de que la escalera llegaba a su fin, comencé a avanzar por el pasillo del tercer piso. Sentí una melodía agradable desde una de las habitaciones y me acerqué a la puerta entreabierta. Una mujer sin brazos, elegantemente vestida, estaba sentada frente a un piano, detrás de ella, un hombre tocaba el instrumento remplazando los brazos de la mujer.
Después de un rato, continué por el pasillo y por una de las ventanas advertí que parecía estar de día, no obstante miré el reloj y eran las doce de la noche con veinticinco minutos, volví la mirada hacia la ventana y vi como un ángel, o un hombre disfrazado de ángel, pasó volando con enormes alas plumíferas.
Llegué al final del pasillo y una gran puerta dorada anunciaba la última habitación. Sin dudar, abrí la puerta; el cuarto era en su mayoría blanco con una decoración que fusionaba lo clásico con lo futurista. Me quedé en la entrada y observé a un hombre sentado a la mesa comiendo. Grande fue el impacto que sentí cuando me di cuenta de que el hombre que allí estaba era yo mismo, sólo que un poco más avanzado en edad. Cerré los ojos con incredulidad y al abrirlos vi el plato en la mesa en frente de mí. Ahora yo estaba sentado, miré hacia la puerta y ya no estaba el que anteriormente fui. Miré hacia otro extremo de la habitación y en una cama blanca había un anciano decrépito que gemía acostado. Obviamente el anciano también era yo. Cerré los ojos y al abrirlos, tendido en la cama agonizando, vi una forma oscura, perfectamente rectangular, flotando en el aire frente a mí, en su parte superior tenía una palabra grabada; la misma: "Rosebud". Comprendí por fin el sentido del juicio y mi existencia. Con las últimas fuerzas que sentía, miré mi reloj: era la una de la madrugada con veinticuatro minutos y treinta y cinco segundos…Cerré los ojos…

FIN.

EPILOGO

Abrí los ojos y me vi sentado frente a un computador, era joven otra vez. Tenía deseos de escribir, pero de forma extraña, esta vez no tenía ideas en mi mente. Después de un largo rato me iluminé: me acomodé en la silla, acerqué mis manos al teclado, y comencé a hilvanar esta historia.