sábado, octubre 28, 2006

Carrusel (Parte II)

Sentí en detalle como la bala se iba incrustando lentamente en mi cabeza, todo se había ralentizado. Luego la negrura del espacio se hizo infinita, llenando cada rincón de mi mente.
Una semana después desperté postrado en la fría cama de un hospital. El diagnóstico del médico había sido lapidario: quedaría en estado vegetal por el resto de mi vida.
Sólo reconocía dos de mis sentidos: la vista y la audición; sin embargo, mi memoria estaba intacta y mi mente aún podía razonar.
Una tarde en el hospital, mi padre entró en mi habitación anunciándome que tenía una visita.
-Es el oficial Martínez que viene a verte otra vez.
Era aquel policía que intentó detener mi suicidio fallido que me visitaba por tercera vez. Al parecer se había conmovido por mi desastre. En las dos primeras visitas me acompañó breves momentos conteniendo con dificultad las lágrimas. Esta vez sería algo distinto.
Se sentó como de costumbre en una silla junto a mi cama y me saludó acariciando mi frente. Después de unos minutos en silencio no aguantó más el llanto y secándose con la manga me dijo:
-¡¿Por qué lo hiciste?! ¡¿Por qué?! ¡¿Por qué?!
Se levantó sin dejar de llorar y se acercó a la ventana. Al verlo de perfil alumbrado por le tenue luz que ingresaba desde afuera, me pareció que se asemejaba a alguien que había visto antes pero no sabía a quien. Se dio la vuelta con los ojos ardientes y caminó hacia mí. Decididamente sacó la almohada debajo de mi nuca y la puso sobre mi rostro. Al instante vino a mi mente la imagen del rostro de uno de los policías que maté y también recordé el momento en que el oficial Martínez miraba al mismo policía muerto y luego se volteaba hacia mí casi llorando. Anticipándose a mi comprensión, el oficial apretó con fuerza la almohada contra mi cara y susurró:
-¡Era mi hijo! ¡Maldito! ¡Iba a ser padre en un par de meses! ¡Muere maldito!...
Era su hijo, todos lo sabían menos yo. Había simulado encontrarse profundamente conmovido por mi situación, pero lo único que quería era vengarse.

La muerte no era muy diferente a la manera en que vivía en ese momento. Vi lo que todos afirmaban haber visto cuando lograban regresar después de haber estado muertos: caminaba por un túnel lúgubre y sombrío; y al final una luz brillante aguardaba por el fin de mis pasos. Llegué hasta la luminosidad y percibí que un paisaje se dibujaba en ese espacio. Eran las mismas calles que vieron mis pasos durante muchos años, lo inerte era siempre inmutable, lo vivo sin embargo, se me hacía cada vez más distinto. De pronto, al llegar a una esquina me encontré con una escena que era tan habitual como desagradable: Dos policías sujetaban a una viejecita que vendía ilegalmente en la calle. Esta vez no pensé lo mismo. Los policías me miraron al unísono con mucha incertidumbre, yo no dejé de caminar, luego como despertando de un sueño vieron a la anciana y uno de ellos le dijo:
-¡Váyase señora! Y trate de conseguir un permiso para vender.
FIN

lunes, octubre 16, 2006

Carrusel

Ese día terminé rápidamente unos trámites en el centro, y por fin volvería a mi casa un poco más temprano.
Caminé por las mismas calles que vieron mis pasos durante muchos años, lo inerte era siempre inmutable, lo vivo sin embargo, se me hacía cada vez más distinto. De pronto, al llegar a una esquina me encontré con una escena que era tan habitual como desagradable: Dos policías sujetaban a una viejecita que vendía ilegalmente en la calle. Se me pasaron un millón de cosas por la cabeza; pensamientos retorcidos que evocaban momentos de rebeldía enceguecida en mi adolescencia, ganas de ir en contra de todos los valores que me habían inculcado, de hacer algo que pareciera ser inefable pero que tuviera su explicación dentro del propio esclarecimiento de la existencia del ser humano.
Como pude le arrebaté el arma a uno de los policías y sin pensarlo mucho le disparé en el pecho al que aun estaba armado. Cayó muerto al instante. El policía desarmado me miró con pavor, yo le apuntaba a la cabeza. Alcanzó a decir dos sílabas de una palabra antes de que la bala se le incrustara en la mejilla y cayera de rodillas ante mí.
La anciana se sentó en el suelo, comenzó a llorar y a decirme:
- ¡Hijo mío! ¡¿Cómo has podido hacer esto?! ¡Te has condenado!
Y como si lo que ya había hecho no fuera suficiente, me acerqué a la anciana, la tomé del pelo y disparé por tercera vez.
La gente empezó a correr despavorida por las calles y no demoraron en llegar varias patrullas de policía. Todos se bajaron a escudarse entre los autos y me apuntaron directamente con sus armas, yo también apunté la mía pero esta vez hacia mi sien.
-¡Arroje el arma ahora mismo! – gritó uno de los policías quién se veía más avanzado en edad y parecía ser quién mandaba. – ¡No tiene que quitarse la vida!
- ¿No cree que me lo merezco? – Le respondí airado - ¡He matado a dos policías y a una pobre mujer!
-No sé lo que pasó por tu mente, ni qué problemas tienes en tu vida y me imagino que debes sentirte muy mal, pero aún es tiempo de que te rehabilites y puedas vivir mejor.
- ¡JAJAJA! ¿Crees que mi vida ha sido traumática? Nunca he sufrido demasiado, no fui abusado cuando niño, mi familia siempre fue ejemplar, no tengo depresión ni enfermedades mentales. Además, lo único que lograré si no me quito la vida es terminar mis días en una cárcel.
El jefe puso la pistola en el suelo, avanzó hacia mí con los brazos en alto y observó a uno de los policías muertos en el piso, luego me miró casi llorando y me dijo:
-¡Por favor no lo hagas, dame el arma y todo saldrá bien!
Sentí como mis latidos se aceleraron como anticipándose a la decisión de mi cerebro. Apreté el arma contra mi cabeza y halé el gatillo.

Continuará…