Sentí en detalle como la bala se iba incrustando lentamente en mi cabeza, todo se había ralentizado. Luego la negrura del espacio se hizo infinita, llenando cada rincón de mi mente.
Una semana después desperté postrado en la fría cama de un hospital. El diagnóstico del médico había sido lapidario: quedaría en estado vegetal por el resto de mi vida.
Sólo reconocía dos de mis sentidos: la vista y la audición; sin embargo, mi memoria estaba intacta y mi mente aún podía razonar.
Una tarde en el hospital, mi padre entró en mi habitación anunciándome que tenía una visita.
-Es el oficial Martínez que viene a verte otra vez.
Era aquel policía que intentó detener mi suicidio fallido que me visitaba por tercera vez. Al parecer se había conmovido por mi desastre. En las dos primeras visitas me acompañó breves momentos conteniendo con dificultad las lágrimas. Esta vez sería algo distinto.
Se sentó como de costumbre en una silla junto a mi cama y me saludó acariciando mi frente. Después de unos minutos en silencio no aguantó más el llanto y secándose con la manga me dijo:
Una semana después desperté postrado en la fría cama de un hospital. El diagnóstico del médico había sido lapidario: quedaría en estado vegetal por el resto de mi vida.
Sólo reconocía dos de mis sentidos: la vista y la audición; sin embargo, mi memoria estaba intacta y mi mente aún podía razonar.
Una tarde en el hospital, mi padre entró en mi habitación anunciándome que tenía una visita.
-Es el oficial Martínez que viene a verte otra vez.
Era aquel policía que intentó detener mi suicidio fallido que me visitaba por tercera vez. Al parecer se había conmovido por mi desastre. En las dos primeras visitas me acompañó breves momentos conteniendo con dificultad las lágrimas. Esta vez sería algo distinto.
Se sentó como de costumbre en una silla junto a mi cama y me saludó acariciando mi frente. Después de unos minutos en silencio no aguantó más el llanto y secándose con la manga me dijo:
-¡¿Por qué lo hiciste?! ¡¿Por qué?! ¡¿Por qué?!
Se levantó sin dejar de llorar y se acercó a la ventana. Al verlo de perfil alumbrado por le tenue luz que ingresaba desde afuera, me pareció que se asemejaba a alguien que había visto antes pero no sabía a quien. Se dio la vuelta con los ojos ardientes y caminó hacia mí. Decididamente sacó la almohada debajo de mi nuca y la puso sobre mi rostro. Al instante vino a mi mente la imagen del rostro de uno de los policías que maté y también recordé el momento en que el oficial Martínez miraba al mismo policía muerto y luego se volteaba hacia mí casi llorando. Anticipándose a mi comprensión, el oficial apretó con fuerza la almohada contra mi cara y susurró:
-¡Era mi hijo! ¡Maldito! ¡Iba a ser padre en un par de meses! ¡Muere maldito!...
Era su hijo, todos lo sabían menos yo. Había simulado encontrarse profundamente conmovido por mi situación, pero lo único que quería era vengarse.
La muerte no era muy diferente a la manera en que vivía en ese momento. Vi lo que todos afirmaban haber visto cuando lograban regresar después de haber estado muertos: caminaba por un túnel lúgubre y sombrío; y al final una luz brillante aguardaba por el fin de mis pasos. Llegué hasta la luminosidad y percibí que un paisaje se dibujaba en ese espacio. Eran las mismas calles que vieron mis pasos durante muchos años, lo inerte era siempre inmutable, lo vivo sin embargo, se me hacía cada vez más distinto. De pronto, al llegar a una esquina me encontré con una escena que era tan habitual como desagradable: Dos policías sujetaban a una viejecita que vendía ilegalmente en la calle. Esta vez no pensé lo mismo. Los policías me miraron al unísono con mucha incertidumbre, yo no dejé de caminar, luego como despertando de un sueño vieron a la anciana y uno de ellos le dijo:
-¡Váyase señora! Y trate de conseguir un permiso para vender.
FIN
Se levantó sin dejar de llorar y se acercó a la ventana. Al verlo de perfil alumbrado por le tenue luz que ingresaba desde afuera, me pareció que se asemejaba a alguien que había visto antes pero no sabía a quien. Se dio la vuelta con los ojos ardientes y caminó hacia mí. Decididamente sacó la almohada debajo de mi nuca y la puso sobre mi rostro. Al instante vino a mi mente la imagen del rostro de uno de los policías que maté y también recordé el momento en que el oficial Martínez miraba al mismo policía muerto y luego se volteaba hacia mí casi llorando. Anticipándose a mi comprensión, el oficial apretó con fuerza la almohada contra mi cara y susurró:
-¡Era mi hijo! ¡Maldito! ¡Iba a ser padre en un par de meses! ¡Muere maldito!...
Era su hijo, todos lo sabían menos yo. Había simulado encontrarse profundamente conmovido por mi situación, pero lo único que quería era vengarse.
La muerte no era muy diferente a la manera en que vivía en ese momento. Vi lo que todos afirmaban haber visto cuando lograban regresar después de haber estado muertos: caminaba por un túnel lúgubre y sombrío; y al final una luz brillante aguardaba por el fin de mis pasos. Llegué hasta la luminosidad y percibí que un paisaje se dibujaba en ese espacio. Eran las mismas calles que vieron mis pasos durante muchos años, lo inerte era siempre inmutable, lo vivo sin embargo, se me hacía cada vez más distinto. De pronto, al llegar a una esquina me encontré con una escena que era tan habitual como desagradable: Dos policías sujetaban a una viejecita que vendía ilegalmente en la calle. Esta vez no pensé lo mismo. Los policías me miraron al unísono con mucha incertidumbre, yo no dejé de caminar, luego como despertando de un sueño vieron a la anciana y uno de ellos le dijo:
-¡Váyase señora! Y trate de conseguir un permiso para vender.