Para continuar este BLog he redactado el inicio de una seudo novela redundante y autobiográfica (aunque al comienzo me apodero sin permiso de la voz y mente de mi padre), que intenta describirme de una u otra forma para acercarme un poco más al lector.
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Mientras subo por inercia las escaleras del viejo liceo, no se por que motivo, pero me empiezan a llover ciertas preguntas que se van incrustando en mi cerebro como uñas astilladas e infectadas en la espalda del amante. Sin dolor, me salpican de una incertidumbre a la que intento escapar a través de los otros pensamientos propios de mi pueril adolescencia. Aun así, no se retiran de los nidos que ya confeccionaron en mi cabeza, con el heno de mi conciencia: ¿Qué me depara el futuro?, ¿qué nuevos acontecimientos me sucederán al dejar para siempre este frío edificio casi carcelario y carente de alma?, ¿podré entrar a la universidad y seguir estudiando?, ¿tendré la capacidad?, ¿conseguiré formar una familia bien constituida como la de mi padre?, ¿triunfaré en la vida?, ¿seré millonario?, ¿seré paupérrimo?, ¿moriré pronto?, ¿llegaré a ser un hombre octogenario?Hasta antes de ese momento, dichos cuestionamientos eran simplemente irrelevantes para mí, y no sabía que con el tiempo, en el futuro, también lo serían.
A pesar de que en mi juventud no me agradaba estudiar mucho, leía uno que otro libro a duras penas y odiaba la historia, existía un bichito de curiosidad en mí, que con los años se hacía más y más grande evolucionando en anfibio primero y mamífero después y me incitaba cada vez más a indagar para obtener mayores conocimientos.
Cuando la vida en su cinética paulatina e inquebrantable comenzó a responder mis interrogantes, que en su momento fueron dagas amenazadoras o esperanzadores augurios, ahora sencillamente ya se han retirado de la palestra y me doy cuenta de que la gran mayoría de ellas recibieron su contestación en segundo plano: No seguí estudiando, empecé a trabajar joven, me casé a los treinta, tuve tres hijos con mi mujer, no soy un hombre muy letrado, pero si me considero un filósofo etimológico, porque desde mi ignorancia amo la sabiduría. Y en esta especie de anabiosis que me despierta en el ocaso de mi existencia, vuelve a florecer, esta vez sólo una pregunta: ¿Qué habría sido de mí de haber elegido el camino de la derecha?De los tres hijos que tuve con Nancy, he notado en el menor algo especial, (PERDÓN HERMANOS) creo que veo reflejada mi vida en la suya y siento que se me brinda la oportunidad de, a través de él, transitar por los senderos que un día deseché, no obstante, ahora sólo soy un espectador y no puedo imponerme a ninguna de sus decisiones, solamente debo esperar a que sean distintas a las mías.
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Soy el menor de los tres hijos de Ricardo y Nancy.
Está lloviendo en Valparaíso. Mis zapatos pisan los charcos que se forman en los peldaños de la escalera del liceo y me salpica el agua en el pantalón colegial que diseñó y fabricó mi viejo. Es hora de clases, me pregunto por qué vine hoy si está lloviendo. Sigo subiendo. De pronto una imagen interrumpe mis fútiles pensamientos, es ella.
Su belleza es compleja y sencilla a la vez, su hermosura es indefinida como el barlovento de esa tarde de invierno gris. No puedo, ni quiero, expresar una fracción de su preciosidad ¿Será igual ante los ojos de todos? Debe ser mi edad. Cuando despega la nave espacial y atravieso la atmósfera entre lenguas de fuego, la primera forma de vida que aparece en mi mente es una pregunta: ¿Me casaré algún día? Luego me invaden otras dudas acerca de mi porvenir a mediano y largo plazo. Pero yo, me veo casado con ella, con un titulo universitario de computación o algo por el estilo, ella por su parte es una excelente médico y experta en biología, tenemos tres hijos, una gran casa en el sector más bello y clásico de Valparaíso. Voy más allá hacia el futuro. Avanzamos en nuestro auto a alta velocidad por la carretera, como dentro de un dibujo técnico de puntos de perspectiva, en el que las encinas a los costados dejan atrás su forma y color y vuelven a dibujarse rápidamente como una cinta de cine que pasa proyectándose con la luz. Los niños sentados atrás; dos revoltosos peleando, una preciosa cantando. Miro a mi lado y ahí está ella sonriéndome y con su sonrisa lo dice todo, es la misma colegiala de la que me enamoré, pero ahora es la madre de mis hijos y el amor que irradia ha crecido de for
ma exponencial. Le tomo la mano y ahora soy yo quien le digo todo.
ma exponencial. Le tomo la mano y ahora soy yo quien le digo todo.Empiezo a subir más rápido la escalera para tratar de alcanzarla, de pronto, mientras escudriño su cuerpo con mis ojos, hay algo externo a su anatomía que hace que la nave de mi imaginación se precipite a tierra en menos de un segundo. El objeto en cuestión no es más que un pequeño libro que sobresale del bolsillo derecho de su delantal celeste con cuadritos. El título del libro: “Gracia y el forastero”.
Aprendí a leer a los cuatro años, antes de ir al colegio. Me gustaba leer todo, letreros y afiches en las calles, los librillos que me obsequiaban mis padres, y cómo olvidar los fragmentos escritos especialmente para mí, en las cartas que mi tía nos enviaba desde Santiago. En fin debo reconocer que en mi niñez fui un buen lector, sin embargo en la adolescencia eso cambió. Seguía leyendo, pero ahora era una obligación, leía lo que me imponían los profesores sin poder objetar.
Por fin recordé la escena; la profesora de castellano, fea por fuera, bellísima por dentro, se pasea por el frente de la sala de clases esperando por alguna consulta o duda de los alumnos y cuando ya parecía que nadie hablaría se escucha la voz que espeta:
-¡Profe! ¿Qué libro tenemos que leer ahora?
-Que bueno que me recordaste- respondió la profesora. –porque si no se los decía hoy, no hubiéramos alcanzado a tomar la prueba antes del fin de semestre, recuerden que el próximo lunes es feriado. Los otros alumnos abuchean al que preguntó, mientras que la profesora lapidó: -Tienen que leer “Gracia y el forastero”.
Vuelvo a la vista del libro en su bolsillo. ¡Es cierto!, hace un rato la vi leyendo un libro, sentada en una banca del patio techado concibiendo una hermosa pintura renacentista con la lluvia de fondo. Ese era el libro que tenía que leer por obligación y que sin embargo, a través de una mujer, desataría mi espíritu libresco y me haría reconciliar con mi vieja esposa: la lectura.
1 comentario:
Excellent, love it! »
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